Como cada día, me encontraba trabajando en mi puesto de recepcionista de una lujosa cadena hotelera. Esa noche no había dormido tan bien como otros días, cosa que noté en cuanto sonó el despertador. Mi flequillo estaba descontrolado, así que decidí unirlo a mi cola de caballo y fijarlo con algo de gomina. En mi trabajo, la buena presencia es esencial, así que esa mañana me vi obligada a estrenar mi labial tono coral de W7 para darle algo de color a mi cara. Por desgracia, el uniforme no tiene ningún tipo de arreglo: pantalón recto de una tela que se arruga solo de mirarla, y camisa blanca básica de manga larga. Lamentablemente, es un conjunto que a ningún tipo de mujer le favorece.
Pero vayamos al grano. Ese mismo día, mientras revisaba las reservas de la semana, noté que alguien me observaba. Mi giré con desgana y por puro instinto, y entonces pude ver como un chico con heterocromía (tenía un ojo de un azul cielo y el otro color miel) me estaba mirando. Nos quedamos mirando y noté que él iba a decirme algo, pero de su boca solo salió un simple “hola” y salió rápidamente del hotel. Pues bien, debo confesar que ese chico ocupó mi mente durante el resto del día. Tenía un ‘no sé qué’ que hacía que me sintiese atraída por él; pero pronto me respondí a mí misma: su peculiaridad le hacía especial, diferente.
Pasaron días, ¡incluso semanas! Y obviamente mi vida seguía, del trabajo a casa y de casa al trabajo. ¡¡¡Ni un mísero día libre para disfrutar de la playa que tan cerca tenía!!! Así que llegó el viernes y, después de un largo día lo único que quería era salir y, hablemos claro, ¡beber, beber y beber! Llevaba toda la semana haciendo el plan de ese día junto con mis amigas, así que me puse mi nueva camisa abotonada que varias semanas antes había comprado en las rebajas, me solté la melena, y fuimos camino a un chiringuito donde me habían dicho que había muy buen ambiente.
Era más de media noche cuando me acerqué a la barra a por mi cuarta copa y fue entonces, en ese mismo momento, cuando me crucé con aquellos mismos ojos que vi semanas antes. Esta vez me sonreía, y puedo prometer que es la mejor sonrisa que he visto en años. Pero… ¿me estaba sonriendo a mí? Por un momento llegué a sentirme mareada y, sin saber cómo, me vi entrando en su casa. Una casa de ensueño, típica de catálogo de revista de decoración (o, en su defecto, de Pinterest) con toques minimalistas en cada rincón. Mientras yo seguía estupefacta, él apareció con dos copas de vino blanco con un ligero sabor afrutado que sirvió para bajarme de vuelta a la tierra. Entre la primera copa y la segunda, nos colamos en su habitación (cierto, no llegamos a la segunda), encendió una pequeña luz, Sexgracias a la cual podía seguir viendo su perfecta piel morena. Hizo que le diera la espalda, para poder recogerme el pelo en una cola de caballo (casualmente, similar a la del primer día que lo vi) y comenzó a besar tímidamente mi nuca. Mientras, notaba como con la otra mano desabrochaba uno a uno los botones de mi blusa. Dejó que la camisa de seda cayera lentamente por mis brazos, dejándome el torso despejado de prendas innecesarias. Rápidamente, se quitó su camisa y la enrolló, para a continuación atarme las muñecas en el cabecero de la cama. Me dejó inmóvil. Y en ese mismo momento mi actitud fue totalmente relajada, pese a no conocerlo, confiaba en él. Lentamente me fue desnudando; entre caricias de manos, labios y lengua recorrió todo mi cuerpo a la vez que me regalaba los oídos con frases como “que piel más suave tienes” o “eres perfecta” o “eres una diosa”, … esas palabras salidas de su boca me excitaban de una manera sobrenatural.
No puedo recordar la hora que era cuando me desperté, en mitad de la noche, y lo vi durmiendo a mi lado, totalmente desnudo. Entonces salí de esa casa de ensueño, sin dejar ninguna huella de mi paso por ahí, es decir, sin ninguna garantía de que nos fuésemos a volver a ver. Mi “huída” no fue premeditada, pero actualmente no me arrepiento de aquello, ya que si el destino quiere que nuevamente nos reunamos, así sucederá.

The Red Road