Regresaba cansada de trabajar y tenía ganas de llegar a casa, darme una ducha y ponerme alguna de mis series favoritas hasta quedarme dormida. Pero, como el destino es así de ‘gracioso’, cuantas más ganas de volver a casa tenía, más imprevistos encontraba. En un volantazo, mi bolso abierto, cayó, esparciendo todo lo que llevaba dentro: pintalabios, monedero, teléfono, llaves, … ¡LLAVES! No las encontraba por ningún sitio, así que ahí estaba yo, en un garaje a oscuras, metida en el coche y con la luz del teléfono móvil haciendo de linterna.

Y, en una de esas, escuche un ruido. Apagué el móvil algo asustada, y mi yo miedica comenzó a recordar todas aquellas películas de miedo que tantas y tantas había disfrutado viendo el el sofá de mi casa (SIEMPRE con una pequeña luz encendida). Así que, decidí esconderme muy sutilmente detrás del volante. 

A los pocos segundos escuché una risa femenina seguido de un siseo. Algo aliviada, levanté la cabeza y vi a mi vecina del octavo. Una mujer agradable, de las que siempre saluda, sale los domingos a pasear con su marido e hijos, va bien vestida y su físico es envidiable.

En ese momento, pese a la poca luz que había, vi  a otra persona, exactamente a un hombre bastante corpulento que nada tenía que ver con su marido. En cuestión de milésimas de segundo, él la empujó contra el coche y le subió la falda hasta la espalda. Con una mano le bajaba las braguitas, y con otra la agarraba del cuello, bloqueándola completamente. Escuché como él le susurraba algo mientras su mano se perdía por la entrepierna de ella, ¡podía oír lo mojada que estaba!

Mientras veía ese espectáculo y los oía a ambos gemir en silencio, mi mente sacó la feminista que llevo dentro, indignada por la forma en que el chico estaba tratando a alguien a quien yo conocía. Pero, mi cuerpo no estaba de acuerdo, y noté como mi entrepierna estaba mojada, deseando ser ella en ese preciso momento. No podía quitar los ojos de esa escena, mientras él se bajaba los pantalones y la penetraba, mientras ella se retorcía en el capó del coche. 

Estaba presenciando una escena digna de película. La “mujer perfecta“, la que todos envidiamos, la de la vida ideal, resulta que no es tan buena como todos creemos. A los pocos minutos, y sin despedirse, él subió al coche y se fue, quedándose ella apoyada en una columna, arreglando su aspecto para acudir junto a su familia.

 

The Red Road

(Imagen: diariofemenino.com)