Y aquí va otra de esas intrépidas historias que nos comen la cabeza a las chicas solteras. Y una vez más aparecí en esas aplicaciones de citas con “desconocidos”. Lo entrecomillo porque antes de quedar con el acabas sabiendo mas de su vida que de la tuya misma, los avances tecnológicos hacen que el face to face pase al olvido. Pero no hay problema, este fue mi pequeño experimento de como ser una perfecta cabrona.

Esta cita fue algo diferente, más bien, llegué a sentirme obligada a conocer a este chico en un día que mi bordería llegaba a sus límites. Y os preguntaréis que para que acabo quedando con alguien que no me apetece, pues bien, yo me pregunté en ese momento cuanto sarcasmo, ironía y estupidez de una mujer podía aguantar un hombre.

El chico acabó apareciendo donde yo estaba con mis amigas tranquilamente tomándome ese gintonic tan digestivo después de una cena llena de conversaciones que a más de uno le habrían ruborizado. Claro, que él quería que fuera donde estaba o quedar en un punto medio pero mi culo no pretendía moverse del aquella estupenda silla que estaba en la terraza. Al final acabó presentándose y la primera impresión no fue nada mala aunque tampoco la mejor que una se puede llevar. Un chico educado y encantador pero que tenía el ego algo subido. Vamos, que la palabra “modesto” no se hallaba en su diccionario. Así, que borde de mí, no le deje pasar ni una.

Obviamente, pasada la hora con él, esperaba que me mandara a freír espárragos (por decirlo de alguna manera bonita), ya que su ego aumentaba a la vez que mi bordería había pasado los límites y ya no había quien frenara las palabras que salían de mi boca con tanto descaro, pero no fue lo que pasó. Poco a poco veía como ese chico se iba interesando más por mi, cuánto más difícil lo tenía más quería.

Cuando llegué a casa, habiendo dejado al “señor modesto” sin un beso que recordar, me paré a pensar en los famosos tópicos de que a las chicas le gustan los chulos, los que las hacen sufrir y millones de estas tonterías tan similares que me hicieron pensar en esa pequeña cita tan rara y en mi actitud respecto a la suya. Parece ser que las chicas y los chicos no somos tan diferentes y que nos den guerra a veces puede resultar algo divertido pero, ¿hasta qué punto? ¿Cómo ser una “perfecta cabrona”?

The Red Road