Se encontraba delante mía, sus ojos color café se clavaban en mis pupilas atravesando mi alma, como si pudiera ver lo que estaba pensando. Su rostro estaba tenso, no estoy muy segura de si estaba enfadado o realmente eran celos lo que sentía, me confundía con sus manos abiertas hacia los laterales, al lado de su cuerpo, relajadas, como si no tuviera que ver con él. Llevábamos más de un minuto en silencio, y cada segundo que pasaba me iba poniendo más nerviosa. Intentaba evitar su mirada, mirar hacía otro lado, pero sus labios carnosos me lo impedían. Sentía la necesidad de acariciarlos con los míos, de respirar su aire, deseaba profundamente tocarle, tenerle entre mis piernas, y ese gesto, esos ojos color café que despertaban en mí el más oscuro deseo, ese color como el café de las mañanas que necesito para comenzar mi día. Por fin se movió, fue directo a por una silla y se sentó. Me quedé mirándole para adivinar su siguiente movimiento, aunque realmente me temblaban las piernas, algo que disimulé lo mejor que pude.

– Mírame.- Me exigió con su voz grave y tono seguro. Mi mejor opción fue poner cara de pena, como el gatito en la película de Shrek. Me pareció ver un pequeño gesto en sus labios, con una escondida sonrisa, pero enseguida desapareció.

Desabróchate los botones de la camisa.- primero vacilé, pero obedecí como una buena sumisa. Desabroche uno a uno los pequeños botones de mi camisa de seda salvaje, con cuidado y delicadeza. Su voz tenía un tono de voz que me imponía, pero a su vez hacía sentir esas mariposas en mi clítoris que tanto me gustaba. Notaba como su mirada no perdía detalle de cómo mis dedos se tropezaban torpemente.50 sombras grey

-No me vale que la desabroches sólo, quitatela.- Y otra vez obedecí, aunque ahora su tono se había relajado un poco más. Dejé que la camisa se deslizara lentamente hasta caer al suelo. No aparté en ningún momento mi mirada de él, no quería perderme ni una de sus expresiones. Me fije en su pantalón, parecía que fuera a reventar de un momento a otro. Se humedeció los labios, me miró y me hizo un gesto, el cual entendí rápidamente. Primero desabroche la hebilla de mi cinturón, continúe con el botón y bajé la cremallera. Ví como él se empezaba a poner algo tenso y nervioso. Sus dedos comenzaron a moverse en el posabrazos de la silla. Me bajé los pantalones hasta deshacerme de ellos. Y ahí me encontraba, delante de él, con mi conjunto de encaje blanco de La Perla y mis sandalias de Jimmy Choo que mis amigas me habían regalado por mi último cumpleaños. Él abrió los ojos como platos, e inmediatamente pude ver el deseo reflejado en su rostro. Esta vez sin que él me dijera nada, me llevé la mano a la espalda para desabrochar mi sujetador, tirándolo al suelo y mostrando mis erizados pezones ante él. Fui a acercarme a él.

– Aún no has acabado.- Me dijo.- Quiero que te toques, que te toques como te gustaría que te tocara yo.  Quiero ver lo que te hace disfrutar.

Empecé a tocarme el pecho, primero suaves círculos alrededor de la aureola, entrando poco a poco más al centro de ellos, y llegar a mis pezones para pellizcarlos con suavidad. Lleve mi mano derecha a la boca y chupe mis dedos índice y corazón. Cuándo los humedecí lo suficiente los introduje dentro de mis braguitas y empecé a acariciarme el clítoris. Primero de un lado a otro. Poco a poco fui acelerando el ritmo conforme mi cuerpo lo pedía. Veía en sus ojos placer y eso me excitaba aún más. Sabía que lo que le estaba mostrando era de su agrado, no me lo decía, pero en sus gestos se lo notaba. Empecé a tocarme cada vez más fuerte, con una mano estrujaba mi pecho y con la otra golpeaba como si un pequeño tambor estuviera tocando. Estaba apunto de irme cuando él se levantó, me cogió y me lanzó contra el sofá. Me arrancó las bragas, abrió las piernas de un lado a otro e introdujo su lengua húmeda y caliente en el lugar que habían estado urgando mis pequeños dedos. Empezó a lamer con tal desesperación que en mi cuerpo recorrió un escalofrío y me hizo estremecerme en un orgasmo abrasador lleno de placer. Inmediatamente se desabrochó el pantalón e introdujo su miembro bruscamente, haciéndome retorcerme en un placentero dolor. Me agarro las nalgas apretando fuertemente, mientras la metía y sacaba bruscamente de dentro de mi cuerpo. Grité como si nunca me hubieran hecho disfrutar de esa forma tan animal, mientras él gemía. Mis piernas comenzaron a temblar y él cada vez se movía más rápido, nuestra respiración se agitaba cada vez más, nuestros cuerpos sudaban como si de una piscina hubiéramos salido, sus gemidos cada vez eran más frecuentes, yo notaba como se acercaba de nuevo una nueva oleada entre mis piernas y entonces, los dos nos dejamos llevar por la pasión y el placer hasta que nuestros cuerpos llegaron a la excitación máxima para después derrumbarnos como si hubiéramos subido la montaña mas alta del Himalaya.

The Red Road