Salimos a bailar. Nuestra necesidad por dejar de pensar, hizo un buen baile. Y, como no, alguna que otra copa, fue una solución acertada.

Me puse un vestido granate con encaje. Se ajusta perfectamente a mi cuerpo. Me calcé mi par de Louboutin negros y un nuevo bolso de Chloé, el cual, me regalaron mis amigas, jurando que era la última moda.

ÉL… bueno, su estilismo no estaba tan cuidado como el mío. ÉL era un chico de Converse y vaqueros rotos, pero su porte hacía que vistiese con más elegancia que cualquier otro hombre.

Entramos en la típica discoteca de moda y miramos a nuestro alrededor, como odio los sitios que quieren ser diferentes, y terminan siendo más de lo mismo. Por lo visto, soy la única que piensa así, ya que el local estaba a rebosar de gente. En ese mismo momento, solo con una mirada, supimos que ahí comenzaría nuestro juego. Nuestro baile. La gente cuerda no llegaría a entender nunca. Pero nosotros no éramos un par de personas más en ese granero.

El juego lo comenzó  ÉL haciendo un barrido con la mirada.  Finalmente, deteniéndose en una chica rubia, algo pequeña, pero con una gran sonrisa y excelentes curvas. A continuación, ÉL me miró, yo le devolví la mirada. Sonreí. En ese mismo momento se fue directo a ella y comenzaron a bailar, sin mediar palabra y mirándome cómplice. La chica bailaba algo alocada en sus fuertes brazos. Mientras yo disfrutaba de aquel exquisito espectáculo, un atrevido chico me sacó a bailar. Cuatro personas bailando en un espacio tan reducido, que podría escuchar perfectamente la fuerte respiración de aquella preciosa rubia que bailaba con ÉL. Por su parte, nosotros no dejábamos de mirarnos, mientras nos frotábamos con nuestras parejas de baile.

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Y, a los pocos minutos, noté como una fuerte mano me cogía de la cintura y me libraba de los brazos de mi acompañante. En ese mismo instante, y sin darme tiempo a pensar en nada, me besó intensamente. En ese momento, sentí la necesidad de salir de allí y continuar el juego. Esta vez, él, yo y nuestros cuerpos desnudos.

Llegamos al hotel, nos miramos con deseo y complicidad, y supimos lo que iba a pasar. ÉL, y solo ÉL entendía lo que me pasaba, y lo que necesitaba. Con solo una mirada, sabía desatar mi furia sexual y hacer que me retorciera entre las sábanas. Mis orgasmos dejaban de ser míos para ser de él. Mi respiración se aceleraba en cada roce de su piel arteciopelada. Mi mirada se perdía en su entrepierna. Mis besos no sabían tan lujuriosos como cuando lo besaba. 

Y pese a ello, sabiendo que lo tenía todo pero que a las pocas horas no tendría nada, siempre lo volvería a repetir. Era nuestro juego y nadie lo entendería jamás. Era nuestro baile. 

…baile, baila, bailemos…

Por: The red road

imagenes: 4ever y pinteres